Uzbekistán por la Ruta de la Seda (y 2)

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Complejo Poi Kalon, Bukhara

Desde Khiva nos desplazamos hacia el sur para llegar a nuestro próximo destino: Bukhara. Dejamos atrás el desierto, los vendedores de melón y sandía, los campesinos trabajando la tierra, las señoras lavando alfombras en la carretera, los burros cargando toneladas de hierba y los bares de carretera donde sirven el grasiento plov, un plato típico de arroz con verduras y cordero, y el aroma de los pinchos en los braseros improvisados. Las dunas del desierto Kyzyl Kum invaden el destartalado camino y la atmósfera  sofocante recuerda a esas caravanas de camellos atravesando la nada cargadas de seda, especias y piedras preciosas.

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Texto y fotos:
Irene García (Una vida de aventuras)

 

La perla del Islam

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Camello en el desierto Kyzyl Kum, Uzbekistán

Bukhara o Bujara, es conocida como la ciudad sagrada de Asia central o “la perla del Islam” por sus numerosas mezquitas y madrasas. Durante su máximo apogeo llegó a tener más de 360 mezquitas y 80 madrasas, pero en el siglo XIII Gengis Kan arrasó la ciudad y únicamente conservó algunos monumentos por su extrema belleza.

El punto de salida de todos los recorridos por la ciudad se encuentra en la plaza Lyab-i Khauz, su enorme estanque es un lugar de reunión bullicioso, familiar y muy animado por las noches. En la misma plaza se erige  la madrasa de Nadir Divan Begi, conocida por representar en su fachada a Semurg, pájaro legendario que trae la suerte. Las antiguas habitaciones de los alumnos están ocupadas por artesanos y comerciantes y el patio ha sido invadido por un típico salón de té con sus mesas-cama cubiertas de cojines y alfombras de colores.

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Cúpula de la Madrasa Mir-i-Arab, Bukhara

En Bukara se pueden encontrar tres bazares cubiertos con cúpulas o takis que han sobrevivido a la época medieval. En ellos se venden productos artesanales, pieles, alfombras, cuchillos, instrumentos de música e incluso te ofrecen cambiar dinero.

Sin duda alguna en Bukhara es imprescindible visitar el complejo Poi Kalon, formado por la madrasa Abdul Aziz Khan y su hermoso portal decorado con estalactitas, pechinas y pinturas; la Mezquita Kalyan, con 288 bóvedas que descansan sobre 208 pilares; el Minarete Kalyan de 46 metros de altura, se dice que es de los pocos monumentos que no destruyó Gengis Kan; y la madrasa Mir-i-Arab coronada por dos enormes cúpulas azul turquesa. También es interesante visitar la madrasa más pintoresca y representada de Bukhara, la Chor Minor o la “Cuatro Minaretes”; y el Ark, la residencia de los emires, protegida por una poderosa muralla a modo de fortaleza.

Bukhara es una ciudad acogedora, de gente sencilla y amable, volcada con el viajero después de miles de años de comercio e intercambio cultural y orgullosa de su pasado histórico y grandioso. Pero antes de marchar, uno no puede abandonar Bukhara sin admirar las vistas más bellas de toda la ciudad. Al lado del complejo Poi Kalon, donde comienza el laberinto de calles se alza un restaurante típico con una terraza espectacular. Las vistas desde este lugar son hipnóticas, aunque la leve brisa y la sombra también son de gran ayuda.

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Plaza del Registán, Samarkanda

La ciudad de las mil y una noches
Samarkanda, una ciudad empapada de maravillas, aventuras y tesoros considerada la joya de la Ruta de la Seda, se fundó hace 2750 años. Cuando Alejandro Magno conquistó Samarkanda dijo: “Todo lo que había oído sobre Samarkanda es verdad, excepto que es más hermosa de lo que había imaginado”. También fue conquistada por el Califato árabe y por Gengis Kan pero se la conoce como la capital del imperio de Amir Timur, o también llamado Tamerlán. ¿Cómo una ciudad que alberga tanta belleza puede haber sido erigida por uno de los guerreros más sangrientos y temidos del mundo? Se dice que en sus conquistas perdonaba la vida a los artistas y los llevaba a Samarkanda para que convirtieran la ciudad en una de las más increíbles de Asia, y así fue. Hoy en día sigue siendo una joya arquitectónica y cultural donde el azul y el dorado son protagonistas.

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Retrato de mujer uzbeka, Shakhrisabz

La primera e imprescindible parada en esta ciudad es la plaza del Registán, el lugar más emblemático de Asia Central. Este complejo da cobijo a tres majestuosas madrasas. La más importante es la de Ulugbek, donde se enseñaba matemáticas, teología, astronomía y filosofía a más de 100 alumnos; la Sher-Dor, decorada con dos leones (símbolo de la ciudad) y dos soles; y la madrasa Tilya-Kari, cuyo interior está decorado con pan de oro. Esta laza fue escenario de numerosas contiendas, proclamaciones reales e incluso ejecuciones públicas, sin duda alguna pisar este lugar te transporta a aquella Samarkanda medieval plagada de mercaderes y azotada por las arenas del desierto.
También es muy recomendable ver el Zinda Shaji, un complejo con once mausoleos que se suceden en fila; la mezquita Bibi Janum, que iba  a ser la más impresionante de Asia y hoy está en ruinas; el mausoleo Gur Emir, donde está enterrado Tamerlán y su familia; y el observatorio de Ulugbek, una construcción de 30 metros de altura y 46 de ancho que medía con precisión la posición de las estrellas.

Samarkanda, una ciudad barnizada por los mosaicos azules de sus cúpulas, no sería lo mismo sin la calidez de su gente. A pesar de la invasión de la URSS, son hospitalarios con los extranjeros y mantienen muchas de sus costumbres, las mujeres visten largas batas de colores y pintan su entrecejo de negro, muchas cambian su dentadura por una de oro en señal de poder, y los hombres, algo más humildes en la vestimenta, llevan un gorro cuadrado de diferentes colores según la zona a la que pertenezcan. En cuanto a etnias, solo hace falta echar un vistazo para darse cuenta de que en Uzbekistán confluyen diferentes pueblos y culturas: tayikos, kazajos, turkmenos, kirguís… Es un país de contrastes, pero sobre todo es azul.

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