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La gran Fiesta del Sol llena Ecuador de fuego y colores

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Desfile del Inti Raymi en Cayambe

El cierre de una etapa de cuatro años en la universidad se merece un gran viaje. Cambiar el inmóvil pupitre, los libros y teorías ideadas por otros por experiencias y senderos que caminamos nosotros. Abracé la idea de América Latina porque comparto con una gran parte de sus gentes la misma lengua y me interesaba conocer cómo la ha moldeado su pasado colonial y qué permanece todavía de sus raíces indígenas. Esto me llevó a viajar a Ecuador, Perú y Bolivia.

Sara Shedden Passfoto

 

 

Texto y fotos: Sara Shedden

El aterrizaje en Quito, capital de Ecuador, ya me transmitió una sensación de pureza que perseguí a lo largo de los cuatro meses de viaje. La habitual contaminación lumínica que puede observarse al descender hacia metrópolis como Barcelona o Nueva York, presentaba esta vez un panorama singular. Quito está ubicada en las faldas orientales del activo volcán Pichincha, en la Cordillera Occidental de los Andes septentrionales de Ecuador. La ciudad, encumbrada a 2.850 metros de altura, parecía un paisaje invertido; un negro y limpio lienzo que dejaba asomar pinceladas amarillas de luces de ciudad, asemejando hileras de estrellas que, aunque derramadas por doquier, no saturaban la imponente pintura.

Me sorprendió que la mayoría de atracciones turísticas en Quito giran en torno a iglesias o monumentos católicos. El Centro Histórico de Quito ha sido conocido durante siglos como el Claustro de América por su gran concentración de iglesias y monasterios. Las más emblemáticas son la Catedral Metropolitana, la Basílica del Voto Nacional y la Compañía de Jesús. He aquí el pasado colonial, que sigue siendo, en cierta medida, muy vigente: según una encuesta del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), el 80,4 % de los ecuatorianos pertenece a la religión católica.

El hilo de la pureza me llevó hacia el norte siguiendo la Cordillera de los Andes, donde me esperaba otra tradición espiritual que los conquistadores españoles no lograron arrebatar a los incas y que es hoy la festividad más importante de los pueblos indígenas de los Andes.

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Mujeres bailando con la ropa tradicional indígena

Viajé a Ecuador el 19 de junio, un día después de realizar mi último examen de la carrera. Hice bien, aunque esto lo supe después. El 22 de junio se inicia el solsticio de invierno en el hemisferio sur y en algunas zonas del antiguo territorio Inca de Colombia, Ecuador, Perú, Chile y el norte de Argentina se celebran las fiestas del Inti Raymi (‘Fiesta del Sol’ en lengua quechua). Esta festividad de casi 600 años de antigüedad se ha convertido en una gran atracción turística. Las celebraciones duran varias semanas y consisten en grandes rituales de danzas y músicas tradicionales, representaciones teatrales y desfiles, en los que las calles se llenas de miles de colores, pues tanto los artistas como las poblaciones enteras se visten con llamativos trajes. El fundamento de estas celebraciones es el Culto al Sol como fuente de luz y el agradecimiento a la Pacha Mama por las buenas cosechas.

Llegué a Peguche, uno de los epicentros del Inti Raymi, para visitar a un artesano que había conocido en el camino.

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Danzante de Guamaní

Por la tarde, comprando víveres en una pequeña tienda de comestibles, supimos por el vendedor que esa noche el Inti Raymi llegaría a su apogeo en Peguche con los espectáculos pirotécnicos, que siempre tienen lugar en la plaza principal del pueblo, y que simbolizan el poder, la fuerza y la luz. Ese lugar me concedió el artefacto de fuegos artificiales más espectacular que había visto nunca. Me quedé embelesada por esa luminaria que absorbía la negrura de la noche con su juego de formas. En el medio de la plaza, entre la iglesia y una gradería, los hombres levantaban con cuerdas una estructura rectangular de madera sujetada por un palo hundido en el suelo, adornada como un farolillo de Navidad, con formas de estrellas, rombos, corazones y toda clase de motivos. Un tipo valiente agarraba una cuerda atada al palo, que aguantaba toda la estructura con asombroso equilibrio, e iba dando vueltas a su alrededor en un paseo, haciendo círculos despacio. El hombre prendió una mecha que, resiguiendo la silueta de cada figura, hizo estallar la ornamentación lentamente, de forma circular, desde los pies a la cabeza de la estructura. Una lluvia de oro se precipitó sin orden ni prudencia sobre el pueblo, que rodeaba la escena.

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Colorido de los trajes regionales de Ecuador

Unos se acurrucaban en las gradas, otros aguardaban en las puertas de la iglesia; la mayoría rodeaban el fuego de pie, las caras hacia arriba iluminadas. Los más gozosos bailaban danzas en círculo, una tribu bailándole al sol. El fuego fue sucedido por una procesión religiosa. La plaza se fue vaciando mientras el gentío comenzaba a caminar tras la virgen de Peguche, escoltada por una banda que parecía dejarse el aliento en su música. En el suelo sin asfaltar de una calle poco iluminada, los que más aguantaban seguían bailando sin pausa arropados por trompetas y tambores. La fiesta culminó con una comida popular gratuita, sopa para todos, “canelazo” y un par de cajas de cerveza para quien buscara ruborizarse.

En Ecuador he visto muy pocas veces comportamientos individualistas. La gente es, en su mayoría, cálida y abierta. No resulta extraño que si un día viajas por las zonas más alejadas de los centros turísticos de Ecuador y entablas conversación con sus gentes, acabes siendo invitado a comer o incluso a dormir en sus casas unos días. Aunque la Fiesta del Sol se está haciendo popular, apenas me crucé con ningún turista en los pueblos donde tuve la suerte de vivir una festividad tan antigua. Y esto le dio a todo un aura todavía más mágica que sólo puedo recomendar, antes de que esta chispa se apague.

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