Las Vegas, algo más que casinos
En su pecado lleva su penitencia. Es un refrán que define a Las Vegas, una ciudad condenada, quizá de por vida, a la fama de juego y vicio que ella misma se ha ocupado de alimentar durante tantas décadas. Por ello, en la época del turismo global, la ciudad de Nevada se enfrenta al reto de atraer a un visitante distinto, para el cual las luces de neón no sean un aliciente. Aquello que en el pasado le dio réditos de glamour hoy puede ser un lastre para captar a una población cada vez más envejecida, esa para la que el modelo ideal de viaje es el turismo en familia. ¿Cómo procurarse una fama nueva una ciudad situada en mitad del desierto, sin más atractivos que su propia imaginación? No es fácil, pero de unos años hacia aquí Las Vegas da muestras de una inquietud aperturista que, poco a poco, va dando sus frutos.
En primer lugar, los grandes resorts hoteleros han virado su oferta: de ser grandes casinos han pasado a ser grandes parque temáticos. Con casinos, por supuesto, pero también con una oferta destinada indisimuladamente para toda la familia. Es el caso de las grandes emulaciones, como la del Caesar’s Palace y su recreación de la Antigua Roma, la pirámide egicpia del Casino Luxor, las góndolas venecianas del Venetian… Las Vegas pasa a ser, así, un destino adecuado para la clase media americana, aquella que busca comodidades sin grandes pretensiones culturales, ocio a gran escala concentrado en espacios concretos.
No es precisamente la cultura uno de los grandes haberes de Las Vegas. Más allá de la ruta de Elvis (altamente recomendable), las escasas opciones culturales que encontramos son las del circuito de oldies que todavía pervive en “Sin city”. Casi todas las leyendas en activo del soul, rock’n'roll o country & western continúan actuando permanentemente en Las Vegas, lo cual no es un mal plan, desde luego. Pero carece Las Vegas de la profundidad de oferta que sí tienen ciudades vecinas como San Francisco o Los Ángeles.

